La sostenibilidad económica, la aparente hermana menor de las sostenibilidades
En el vigente principio rector del
planeamiento urbanístico que es la sostenibilidad integrada, resulta cada vez
más patente que no todos sus componentes gravitan con igual peso. De las cuatro
perspectivas que la conforman, la medioambiental, la social, la física y la económica,
parece que la económica es la que tiene menor relevancia sobre los planes urbanísticos
y las ordenaciones.
Recordemos que la sostenibilidad
económica es aquella que nos obliga a anticipar dos factores y obrar en
consecuencia para no trasladar pasivos (o al menos que no sean insalvables) a
las generaciones venideras.
En primer lugar, supone no generar
saldos negativos en las Haciendas Públicas como consecuencia de la transformación
urbana y acaso de la preservación urbana ¿o este último no entra en el juego?
En segundo lugar, supone proveer de
suelo suficiente y adecuado para las actividades productivas, que no tanto de
servicios o de mero intercambio monetario, en la consideración de que la clave
de la supervivencia urbana y de las poblaciones no reside en el desarrollo
residencial, ni siquiera en su soporte dotacional, sino en el empleo productivo,
ese que genera valor añadido.
Pues bien, ante estas claras determinaciones
nos encontramos con una falsa neutralidad y un vaciamiento de análisis económico,
fundamentalmente por una negación de la naturaleza económica del planeamiento urbanístico,
posiblemente por una falta de formación y por ciertas presunciones que no son
más que una patada delante hacia un colapso casi seguro.
Por un lado, tenemos el “adanismo”
viviendista, ahora pertrechado de urgencia habitacional. Por otro, la deseducación
rehibilitadora, huidiza de cualquier deber colectivo incentivada por lustrosos
euros comunitarios. Y finalmente, el mero énfasis en la viabilidad económica de
las actuaciones, en una mirada de alcance limitado al simple hecho de la
transformación física del suelo en el mejor de los casos (nadie se pregunta sobré
que pasa después de recibir la urbanización, “no question, no problem”).
Es verdad que la sostenibilidad partió
de la perspectiva ambiental y luego se ha ampliado a lo social, incluso a lo físico
y a lo económico ¿pero este último donde ha quedado?, ¿es una mera cuestión que
ha de justificarse con mayor o menor acierto y conocimiento?, ¿o es un
documento apostillado que se añade a regañadientes y que cuando se omite u
olvida negamos su trascendencia como si fuera un mero defecto formal?
En el nuevo modelo de planeamiento
estamos obligados a hacernos las preguntas, hacer los análisis necesarios para
sopesar los efectos de nuestras decisiones, si podemos y debemos adoptarlas, si
las mismas llevan anudadas la adopción de otras. Por ejemplo, si establecer tal
o cual ordenación y/o regulación generan saldos negativos y si debemos acomodar las correspondientes
decisiones fiscales y de ingresos públicos (impuestos y tasas) para cubrir dichos
saldos. La relación parece evidente ¿no?
Y siguiendo este razonamiento ¿podemos
seguir calificando suelo residencial sin ponderar las necesidades de suelo
productivo?, ¿Dónde van a trabajar esas personas para generar rentas e ingresos
que sufraguen la Ciudad -la del “Derecho a la” y la de “las Obligaciones con la”-
y los servicios públicos?
Estamos tan acostumbrados a que los
planes soporten casi todo, que son como la carta al Olentzero. El mero hecho de
la planificación, su diseño, de la decisión de medidas sociales y ambientales gozan
de un plus de validez y factibilidad, donde casi nadie quiere saber cómo se
costea ni cómo se mantiene. Casi nadie quiere saber cómo se paga y mucho
menos financia (si antes no mirábamos en serio la viabilidad económica, como plantearnos
si son sostenibles económicamente).
¿Podemos sostener racionalmente la
idoneidad de esta forma de hacer el planeamiento?
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