¿A dónde vamos?: ¿Podemos parar un rato?

Obviamente, entiéndase esa idea de parar un rato en un sentido metafórico. Si la asociamos a las ideas de reflexionar, debatir, intentar saber quienes somos, donde estamos y a donde queremos ir, puede merecer la pena, y puede estar realmente justificada en un momento como este.

Llevamos unos cuantos años de crisis, además de económica, también disciplinar (cuando menos en lo que al urbanismo se refiere). Dicen, o decimos, que los momentos de crisis son momentos de oportunidad. ¿Es esto cierto en nuestro caso? ¿Realmente lograremos salir de este “desierto” más sabidos y experimentados, o, más bien, estamos a la espera de que vengan aquellos no tan lejanos tiempos de bonanza económica, para repetir aquellos viejos clichés y tics? Ojalá me equivoque, pero no creo que estemos aprovechando este tiempo para reflexionar / aprender.

Eso sí, con el fin bien de calificar o diagnosticar un momento como este, bien de apuntar objetivos, repetimos una y otra vez ideas o términos como estos: necesidad de cambio de modelo urbano, (in)sostenibilidad, sobredosis normativa, descoordinación, dificultad, inseguridad, burocracia, dispersión, procesos interminables, participación pública, perspectiva de género, etc. Y todo a la manera de un “totum revolutum” más bien caótico, o, mejor dicho, de piezas o ideas aisladas que apenas se rozan o se contagian entre sí.

En cualquier caso, hay, cuando menos, una cosa cierta: todo es cada vez más complejo, no solo el urbanismo, también la vida.

¿Y no es también cierto que nos resistimos a ver y entender esa complejidad, y que aspiramos a mantenernos / atrincherarnos en las pautas clásicas o tradicionales del urbanismo que hemos “practicado” durante mucho tiempo, que nos resultan más fáciles y cómodas en cuanto que las conocemos y controlamos?

En cierta medida es como si tuviésemos miedo a salir de nuestro reino particular, y a tener que relacionarnos o codearnos con el “otro” (en realidad, en este momento hay muchos “otros”: medio ambiente, perspectiva de género, participación pública, sostenibilidad económica…). Y más a tener que ensamblarnos y mezclarnos con él para, en su caso y en el mejor de los casos, acabar refundando disciplinas, materias, etc. Uf!, el miedo a lo desconocido y al “otro” nos paraliza y/o nos infantiliza.

En todo caso, queramos o no, vivimos tiempos convulsos y complejos que requieren la consideración del territorio, la ciudad, etc. desde numerosos prismas y frentes complementarios, con el fin de intentar crear el discurso que los tiempos actuales requieren.

En esas circunstancias, podemos seguir manteniendo la actitud corporativa de atrincherarnos en nuestros respectivos cuarteles. O podemos intentar abrirnos al “otro” con el fin de, mediante la relación y el contagio, generar nuevas formas y modelos de trabajar, e incluso refundar una disciplina como el urbanismo.

Los tiempos actuales justifican, a mi juicio, una apuesta en esa segunda línea. En todo caso, con el fin de no meter la pata y no precipitarnos, no estaría mal parar un rato y hacer un diagnóstico global y riguroso de la situación actual con el fin de saber  realmente donde estamos, antes de empezar a ir en una u otra dirección.

Frente a ello, a la manera de una huida hacia delante, estamos inmersos desde hace tiempo en un proceso de proponer y promover disposiciones, proyectos, planes, etc., todos ellos desde premisas sectoriales o aisladas, sin particular orden ni concierto, y sin coordinación alguna, que nos está sumiendo en un cada vez más inescrutable marco de trabajo.

De ahí que vuelva a la idea inicial: ¿podemos parar de promover nuevas disposiciones, proyectos, planes, etc. para, frente a ello, intentar saber con un mínimo de rigor cual es nuestra situación actual, hacia donde queremos dirigirnos, y como actuar para ir en esa dirección?

Y algo tan importante como lo anterior: ¿podemos ser capaces de reflexionar, trabajar, etc. en colectivo (público-público; privado-público; urbanístas, ambientalistas y cualesquiera otros…), aparcando en lo posible nuestras habituales inercias de trabajar desde la particular isla o materia de cada uno?; ¿por qué no somos capaces de trabajar en colectivo y de manera coordinada?. Seamos o no capaces de reconocerlo de manera real y efectiva, tenemos a ese respecto un problema serio, con una importante incidencia en el trabajo que realizamos y en el servicio que prestamos.

A mi juicio, son numerosos los temas que requerirían una pensada desde, eso sí, una visión global y coordinada de todos ellos. Sirvan como mero ejemplo los que se exponen a continuación. Cada uno de ellos puede ser merecedor de una atención específica. En todo caso, con el ánimo de, en cierta medida, incordiar y provocar, voy a limitarme básicamente a plantear algunos interrogantes en torno a ellos. En concreto:

1. La ordenación del territorio y el urbanismo

¿Siguen siendo correctos nuestros tradicionales esquemas en lo referente a la relación entre esas dos materias, y a las fronteras entre ellas? ¿Los pocos o muchos pasos que hemos dado en lo referente al asentamiento de nuestra cultura territorial y urbanística justifican cambios en esos esquemas? De la mano de la revisión de las DOT, ¿podríamos hablar de una segunda generación de instrumentos de ordenación territorial que pueden justificar cambios materiales y formales en esos esquemas?

2. El urbanismo, la sostenibilidad, el medio ambiente, la perspectiva de género, la participación pública, el modelo de regeneración urbana, o incluso el de decrecimiento, frente al de expansión, etc.

La crisis económica y la suma de locuras realizadas a lo largo de los años de bonanza económica, complementadas con, entre otras, la Ley de rehabilitación, regeneración y renovación urbanas, de 26 de junio de 2013, han puesto la puntilla al modelo de expansión urbana, y ha planteado la necesidad de su sustitución por el modelo de regeneración del medio urbano actual.

En cualquier caso, hacer frente a ese tipo de cambios siempre es costoso y doloroso en la medida en que requiere cambiar muchos de nuestros esquemas mentales, de nuestras inercias, de nuestros mecanismos de trabajo, etc. Y eso es, cuando menos, incómodo. Por lo tanto, no es de extrañar que este sea un momento de despiste y desorientación a ese respecto.

Pero la cosa no acaba ahí. También desde otros frentes se ponen en solfa una mayor o menor cantidad de las premisas del urbanismo tradicional. La (in)sostenibilidad, el medio ambiente, la perspectiva de género, la participación pública, etc. son algunos de ellos.

Cuestiones como esas pueden ser consideradas y tratadas de maneras muy diversas. Dos de ellas pueden ser las siguientes.

Una: de manera básica o exclusivamente formal, a la manera de cumplir, en cada caso, el correspondiente paripé.

Dos: de manera real y efectiva, internalizando o interiorizando esas visiones o perspectivas en la propia determinación de las propuestas urbanísticas.

La apuesta por esta segunda vía (a mi juicio, la adecuada) incide en muchas de nuestras habituales premisas materiales y formales de trabajo, poniéndolas en crisis, y subrayando la necesidad de su modificación o sustitución.

Por ejemplo: ¿es posible la participación pública con la complejidad técnica, terminológica, etc. de la que nos valemos?; ¿es compatible la participación pública con los procesos urbanísticos largos y tortuosos que desarrollamos?; ¿trabajada de determinadas maneras y desde determinadas perspectivas, puede/debe acabar la participación pública modificando el campo de intervención de los técnicos / profesionales del urbanismo?.

Por su parte: ¿qué efectos reales tiene o, sobre todo, debería tener la sostenibilidad (en genérico), la sostenibilidad económica, la evaluación ambiental, etc. en el proceso urbanístico?; ¿realmente estamos interiorizando esas perspectivas en el urbanismo, con todas sus consecuencias?; ¿qué consecuencias materiales y formales debería tener la efectiva y real asunción de ese tipo de premisas?; ¿en que medida pueden acabar poniendo en solfa un mayor o menor número de las propuestas urbanísticas que planteamos?.

La perspectiva de género, y, en definitiva, la real y efectiva atención a las necesidades de las personas, ¿puede / debe acabar condicionando o reajustando las propuestas urbanísticas?.

¿No estamos con todas esas cuestiones, así como con otras, ante realidades y/o visiones que justifican un tratamiento global y unitario, con el consiguiente cambio de nuestros actuales fundamentos materiales y formales de trabajo?

3. Nuestras actuales herramientas urbanísticas formales

 ¿En qué medida nuestras herramientas urbanísticas formales justifican cambios?

Por ejemplo: ¿nuestros tradicionales y actuales esquemas de diferenciación de dotaciones generales (sistemas generales) y locales (sistemas locales) siguen siendo correctos y adecuados para los tiempos actuales, o, más bien, justifican cambios?; ¿qué implicaciones podrían tener esos cambios en materia de ordenación urbanística y ejecución?

¿A modo de simple ejemplo, somos conscientes de las implicaciones que tienen a ese respecto previsiones como las referentes a que las redes públicas de comunicaciones electrónicas constituyen equipamiento de carácter básico y su previsión en los instrumentos de planificación urbanística tiene el carácter de determinaciones estructurantes. Su instalación y despliegue constituyen obras de interés general (art. 34 de la Ley 9/2014, de telecomunicaciones)? ¿Plantear ese tipo de previsiones de una manera tan genérica y abierta no es, cuando menos, una irresponsabilidad?

A su vez, ¿la clasificación urbanística sigue siendo correcta en sus términos actuales?, ¿requiere algún ajuste?, ¿debe ser consolidada, matizada o reajustada a la luz de las implicaciones derivadas de, entre otros, el mecanismo de las situaciones de suelo?

¿Qué pasa con nuestros actuales mecanismos de ejecución urbanística?. ¿Deberían ser reajustados o complementados con el fin de adecuarlos a, entre otros, el R.D.L. 2/2008 (TRLS) y la Ley 8/2013 (L3R)?

¿Y esos y otros instrumentos son igualmente válidos para todos los municipios de la CAPV, sean grandes, medianos o pequeños?. ¿No nos dice más bien nuestra experiencia o la realidad que unos y otros municipios requiere instrumentos cuando menos matizadamente diversos, adaptados a las particularidades de unos y otros?

4. Nuestra experiencia en materia de evaluación estratégica ambiental del planeamiento urbanístico

Llevamos algo más de 10 años de recorrido en materia de evaluación ambiental del planeamiento, si como fecha de arranque consideramos la promulgación y entrada en vigor del Decreto 183/2003.

¿Qué balance podemos hacer de esa experiencia de 10 años? ¿Podemos decir realmente que hemos avanzado en el terreno de integrar o interiorizar la perspectiva ambiental en la ordenación urbanística desde su mismo origen? ¿O más bien estamos convirtiéndolo en un mero formalismo? ¿En que medida estamos haciendo de esa evaluación un marco de fiscalización de materias que ya tienen sus propios mecanismos de control, con el consiguiente e injustificado incremento de la burocracia y alargamiento de los procesos?

No estaría mal que, antes de promulgar cualquier nueva disposición en materia urbanístico-ambiental, fuésemos capaces de hacer un diagnóstico riguroso de estos más de 10 años de experiencia, siquiera para saber en que hemos acertado y en que hemos metido la pata. Eso sí, sólo si se realizase de manera colectiva tendría sentido ese diagnóstico.

5. La información territorial y urbanística

La mayor parte de los procesos de elaboración de planes territoriales y urbanísticos (por no decir todos) comienzan con la realización de un estudio referente a la información y al diagnóstico de la situación existente en cada caso, con el tiempo que ello requiere.

Debido a ello, dada la cantidad de planes de un tipo y de otro existentes y/o que se promueven, puede hablarse, en cierta medida bien de sobredosis de información, bien de descoordinación a ese respecto.

¿No ha llegado el momento de crear un único y coordinado “banco” de información y de datos territoriales y urbanísticos, en el que se inserte de manera continuada y adecuada la información referente a las distintas escalas territoriales, y a la que pueda recurrirse con ocasión de la elaboración de los citados planes? ¿No debería la Administración acometer esa tarea de manera global y unitaria? ¿No deberían, en particular, el Gobierno Vasco y la Diputación Foral liderar esa tarea, sin perjuicio de su complementación por parte de los Ayuntamientos?

Además, elaborado de manera idónea, podría llegar a ser un instrumento adecuado para dar mayor seguridad y rigor a las decisiones, así como para agilizar los procesos.

6. Sobredosis normativa y, en particular, descoordinación administrativa–normativa.

La exagerada cantidad de disposiciones (de diverso rango y naturaleza), sumada a su dispersión y descoordinación es, en este momento y desde hace tiempo, un serio problema.

Además, ¿no está provocando todo eso injustificadas situaciones de dispersión, inseguridad y alargamiento de los procesos? Por ejemplo, ¿cuantos agentes y/o procesos fiscalizadores necesita un determinado tema (costas, patrimonio, etc.)? ¿No es suficiente con sólo uno?

Debido a ello, frente a la idea de seguir ahondando en esa línea (a modo de huida hacia adelante), ¿no resultaría conveniente parar y poner un poco de orden global y coordinado en el marco actual?

7.  Nuestra organización político–administrativa

¿En que medida nuestra organización político-administrativa de municipios, diputaciones y administración autonómica, complementada con las competencias y el campo de intervención de cada una de esas escalas en materia territorial y urbanística, es válida y correcta para hacer frente a las necesidades y exigencias actuales, o más bien ha de ser reajustada?

¿No hay, en muchos campos, una sobredosis administrativa, con la consiguiente sobredosis burocrática? En línea con lo apuntado, ¿no estamos haciendo de la evaluación ambiental estratégica del planeamiento, tal como la desarrollamos, un mecanismo que empuja en esa línea?

Y al mismo tiempo, ¿no hay realidades territoriales y/o temáticas desatendidas o huérfanas de organización político–administrativa?

Y en otro terreno, ¿cómo poner fin a la actual e injustificada dispersión y descoordinación administrativa, que hace que los procesos sean más inseguros y más largos?

8. Conclusión

Volviendo a la idea inicial, ¿podemos parar un rato para pensar mínimamente sobre esas y otras cuestiones, adoptar las decisiones adecuadas, y poner un poco de orden?, ¿podemos ser capaces de realizar esa tarea de manera colectiva y coordinada, saliendo cada uno de su particular reino?, además, ¿podemos realizarla en condiciones que impliquen establecer un marco de trabajo más sencillo y transparente, y no por ello falto de rigor?

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